Llegué con rapidez al aeropuerto, afortunadamente el primer vuelo a Roma estaba por salir y como no llevaba nada más, lo aborde en pocos minutos, apenas tomé asiento en clase ejecutiva, una mujer de unos veinticuatro años, con una minifalda que dejaba expuesto más de lo que deseaba ver, tomó su lugar a mi lado y me miró nerviosa.
Yo le miré y le dediqué una de esas sonrisas coquetas que usaba con Mady para obtener cualquier cosa.
–Disculpa – le dije –, pero creo que no es bueno que tomes asiento en este lugar.
– ¿Por qué? –me preguntó.
–Porque voy a Roma, para hacer el examen final que me permitirá ser obispo en unos años más y tú sabes cómo son, si me vieran con esta linda chica a mi lado –le guiñe el ojo.
–Claro que entiendo –me dijo –, de verdad yo no creí…
–Lo sé, no te preocupes siempre pasa, bueno… Dios te bendiga – le dije, definitivamente esto era algo de lo cuál me reiría siempre.
¿Un obispo? Si claro, ya me visualizaba con esos trapos viejos, hablando de que Dios es bueno, pero claro… eso de ser bueno en vida no sirve de nada si después también hay que serlo por siempre, o al menos eso pensé, y aquí estoy.
Miles de años vacíos y, ahora estaba enamorado de alguien a quien no debía amar y de alguien a quien no quería dañar.
El resto del camino, escribía cosas sin sentido en una libreta y entre esas palabras recordé a Kat, la chica prohibida, la que me había enseñado algo nuevo que no conocía ni esperaba conocer.
Al bajar del avión, me apresuré a pasar por todos los controles para luego salir y tomar un taxi a mi querida cuidad del Vaticano.
Tantas personas, tanta seguridad y sacerdotes para que al final, nadie pueda saber la verdadera condena, si todas aquellas personas que se pasaban de la vida haciendo el mal supieran lo que les espera, serían inútiles las cárceles ya que todos serian buenos, pero a fin de cuentas es mejor callar, ya que después de caer, uno no desea ni bien ni mal a las personas, solo te preocupa tu condena y los males de tu condición, claro siempre y cuando no tengas la intención de uno de mis viejos amigos, que provoca el mal en las personas.
Llegue a las orillas de cuidad vaticano a eso de las 4 PM, y tal como me lo esperaba, Cornelio me esperaba junto con un grupo de pingüinos dudosos.
– ¡Amigo Cornelio! –mentí, golpeando su espalda con fuerza.
– Alessio –dijo él sin tartamudear esta vez.
–Señoritas –dije con una miraba que debería ser prohibida tener para las monjas –, ¿me disculpan si rapto a este hombre de fe?
Ellas me dedicaron una sonrisa mientras otras enrojecían a mis palabras que no eran más que la pura verdad.
Cornelio y yo caminamos en silencio por las calles, hasta más o menos estar bastante alejados de la vista de curiosos y, sin dudar un momento lo tomé por los hombros y le golpeé contra la pared colocando mi mano en su cuello.
–Bien Cornelio, ahora me contaras todo – le dije sacando todas las muestras de amabilidad que tenia hace un momento.
–Te-te-te-te, lo di-dij dije –me dijo tartamudo ahora.
– ¿Seguro que eso es todo? – le pregunté presionando mi mano en su garganta con fuerza.
–Si, señor Alessio –dijo firme cuando le solté.
–Dame la dirección de esa tal Amber –le dije mientras me entregaba un papel–, si me entero de algo que no me haz dicho, cualquier cosa, sufrirás las consecuencias.
Sin dudar un segundo mas, tome un taxi y abrí el papel.
–Diríjase a Purísima a la altura de los 200 –dije en italiano.
Dentro del taxi, esperé quince minutos para llegar a una calle con aspecto viejo y gastado, las calles tenían aquel ambiente gris y cargado de energías que solo podía tener alguien con las capacidades de los caídos.
Sin tener que volver a ver el número, me detuve en frente de una gran casa, que parecía tener su propia maquina de neblina, y sin dudarlo un segundo… toqué la puerta.
Luego de tocar durante bastante tiempo, guardé silencio para ver si había alguien, y sin el fallo de mis sentidos, escuché la respiración y los latidos de alguien.
Sin más, forcé la puerta y la abrí de un solo golpe.
– ¡Se puede saber que haces! –gritó una chica que claramente era Amber.
Era una chica que aparentaba más de dieciséis, tenía unos tacones de aguja color negro, un vestido del mismo color de los zapatos, cortado por los muslos que subía ceñido a su cuerpo, dejando a descubierto sus hombros que apenas cubrían el encaje, en su cuello yacía un diamante en forma de corazón, que relucía sobre su piel blanca, y sobre esta un cabello negro largo y liso, que hacia que su rostro en forma de corazón, resaltara unos ojos azules llamativos como su respingada nariz.
–Sé lo que eres –le dije con una miraba profunda.
– ¿Sabes que soy? –me preguntó.
–No te hagas la tonta, cualquier caído que pase por aquí lo notaría –le dije con una sonrisa.
Ella cruzó los brazos y comenzó a caminar a mí alrededor.
–Sí, veo que eres un caído, pero no uno cualquiera –me dijo.
–Tienes razón, pero ahora tengo que hablar contigo –le dije.
Ella camino hasta un salón con sillones, pero nada que pasara la luz, solo velas que apenas permitían verle.
Se sentó en un sillón color morado y me senté junto a ella.
Claramente, yo tendría que acercarme a ella más de lo necesario para ver si es que era la indicada para salvar a Kat, ya que mi detector en casos como en el de ella funcionaba prácticamente a no más de dos centímetros de distancia.
–Hace cuanto que usas tus… cualidades –le pregunte.
–Hace más de un año, fue extraño, la primera vez que las utilicé, creí que me volvería loca –me dijo haciéndome recordar la sensación.
–Te comprendo, a todos nos ocurre, pero ¿después viene el poder no es así? –le pregunté.
Ella me dedicó una sonrisa macabra y luego soltó un suspiro, era claro que esta chica sabia mucho y se encontraba poseída por una parte que no le permitiría jamás salir de su condición otra vez.
Sin importarme más, comencé a liberar un poco de mis cualidades para soltar la lujuria, que con toda su fuerza, me ayudaría a saber lo que quería.
Entonces mirando los ojos de Amber, deseaba tener a Kat frente a mí, ya que estaba seguro, seria la única con la capacidad de tenerme junto a ella para siempre, sin importar lo que pase… y si Amber no era la correcta, perdería a mi única Kathleen Hardle para siempre.

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